Papa Francisco, un guiño de Dios a la patria de los argentinos

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El miércoles 13 de marzo vivimos un evento histórico que cambió de pronto el humor social de una Argentina sacudida por las divisiones y los enfrentamientos provocados ex professo por su Gobierno cesarista, cuando Jorge Mario Bergoglio (Buenos Aires, Argentina, 17 de diciembre de 1936), fue elegido como papa número 266 de la Iglesia católica y jefe de Estado de la Ciudad del Vaticano. El primer Papa de las Américas, un Papa argentino, el Papa Francisco.

Toda descripción de este momento único estará ciertamente embuída de la emoción, de la alegría y del orgullo que este Papa sea nuestro compatriota. Quizá por ello, por llevar la emoción a flor de piel, este sea un buen momento para intentar describir lo que muchos corazones sintieron y siguen sintiendo, e intentar vislumbrar en parte el impacto de este acontecimiento sobre nuestra sociedad.

La primera sensación es la de sentir algo así como si un manto de luz descendiera sobre la Argentina. Como si un traje invisible de persona feliz nos hubiera vestido a cada uno de nosotros. Un traje que muchos rechazaron, claro.

Pues a ellos, los que no pueden sentir, les cuento como se siente: les digo que este acontecimiento es como un resplandor que parece venir de todos lados y de ninguna parte, una luz que al final del día permanece, una tibieza que arropa los corazones de los fieles con suavidad y a la vez con firmeza, dando confianza, un brillo que no daña y que llega hasta todos los espacios interiores, dando seguridad, un guiño de Dios a la patria de los argentinos, una bendición para esta tierra.

Con esta luz brillando, muchas mentes y corazones serán abiertos, y llegarán a reconocer los ojos sin alma de aquellos lobos que se disfrazaron de corderos, y así evitarán entregarles otra vez las llaves de su propio futuro a través del voto.

Con una menta alerta y un corazón liberado dejarán de temer y podrán exhumar de las órbitas de los lobos al verdadero ser interior de estos traficantes de la esperanza, congéneres que deberían servirnos, pero que sólo simulan que nos sirven, aplicados constructores de engaños, fabricantes de relatos cuidadosamente falsificados, mentirosos de mentiras repetidas y luego corregidas según su conveniencia.

Esta luz ayudará a muchos a reconocer su propio valor, y comenzarán a alejarse del aliento fétido de esos cultores del discurso de barrigada (o sea, de barriga llena y soberbia embriagada), infames profetas de la oscuridad republicana, que se sirven del temor al Estado para paralizar las voluntades de sus conciudadanos, con el fin último de controlarlos. Seres fraternos únicamente con quienes se someten a sus designios, pero despiadados perseguidores y difamadores de quienes, como el Cardenal Bergoglio, se atrevieron a exponer su hipocresía ante Dios y ante el resto de la sociedad.

Basta como muestra de su pobreza espiritual ver las primeras reacciones de esos  gobernantes y su séquito de repetidores, apretadores y aplaudidores, ante la elección de este Papa argentino. Seres pequeños en todo sentido, ¡qué duda cabe!. Asombra que de estas personas de moral pequeña y bolsillo grande ¡dependan los destinos de esta nación y sus habitantes!, una nación donde muchos ciudadanos valiosos y honestos resisten su extinción, a la espera de que la gran masa indiferente preste atención y aprenda a votar con inteligencia, responsabilidad y dignidad.

Hoy soy testigo de estos tiempos y dejo mi testimonio. Mañana Dios dirá. ¡Viva el Papa Francisco!

Publicado por Hernando el 15 de marzo de 2013