Las tormentas extremas se triplicaron en la Argentina  
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Buenos Aires, Jueves 9 de Diciembre de 2004
Fuente: La Nación, 9/12/2004

 

Síntomas del Cambio Climático: las tormentas extremas se triplicaron en la Argentina

¿Ya se pueden ver las consecuencias del cambio climático en la Argentina?

Para el meteorólogo Vicente Barros, investigador de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA, la respuesta es “sí”. Y para respaldarla se basa no sólo en los promedios locales de temperatura, sino, especialmente, en los registros de lluvias y la frecuencia de las tormentas extremas. Aunque existen variaciones regionales, ambos parámetros del clima muestran, en las últimas décadas, una dirección claramente ascendente.

El glaciólogo Juan Carlos Leiva, del Instituto Argentino de Nivología, Glaciología y Ciencias Ambientales de Mendoza, coincide. En su caso lo demuestra con el comportamiento de los glaciares: todos los que están por debajo del paralelo 32 se encuentran en retirada. Y este balance negativo de hielo es mucho más que una nota pintoresca: probablemente tendrá consecuencias importantes en la vida y en la dinámica productiva de las zonas que abastecen.

Estos datos fueron analizados durante una presentación organizada por Greenpeace en la diminuta arca que la organización no gubernamental instaló frente a la entrada de la X Conferencia de las Partes, la cumbre de cambio climático que hasta el 17 de este mes se desarrollará en la Rural.

Ambos investigadores del Conicet están trazando un mapa de los trastornos que produce la fiebre del clima en el país, cuyas consecuencias sólo ahora están comenzando a determinarse.

Según Barros, lo primero que se advierte es que, por obra del aumento de temperatura, se está alterando el ciclo hidrológico. Mientras que en el sudeste de América latina (área que comprende el Litoral argentino) las precipitaciones registraron un 23% de aumento, en Chile ocurre lo contrario: hubo una disminución del 50 por ciento. El mismo patrón se observa en Australia.

"El aumento de la temperatura acompaña el de las precipitaciones, que crecieron de 850 a 1200 mm anuales en las zonas agrícolas -explicó Barros-. Por ejemplo, en La Pampa aumentaron 200 mm, o un 40%, entre 1960 y 1999."

Otro indicio del calentamiento global es, tal como pronostica la teoría, el aumento en la intensidad de las lluvias. "Esto ocurre porque, a pesar de que se calienta la atmósfera, se enfría la estratosfera -dijo el investigador-, lo que favorece el volcado de las grandes tormentas."

Según los datos recabados por 16 estaciones meteorológicas, el número de tormentas extremas en la misma zona -es decir, de más de 100 mm en 48 horas- se triplicó desde 1970: "Pasó de 10 a 30 tormentas cada cuatro años -detalló-. Y si nos fijamos en las precipitaciones de más de 150 mm en 48 horas, se quintuplicaron. Antes, tenían una frecuencia de una cada cinco años, y ahora se produce una por año. El mismo parámetro se duplicó en Buenos Aires y se triplicó en La Plata".

Para Barros, lo más preocupante es que las precipitaciones no vienen solas, sino con vientos, granizo, inundaciones. Y como esto no es conocido, no hay una respuesta anticipada de la sociedad, las ciudades no están adaptadas a las nuevas reglas del juego. "Carecemos de un buen sistema de alerta temprana para las tormentas, como el que sí tenemos para las crecidas de los grandes ríos", destacó.

Ríos, en alza

Entre otras cosas, la mayor cantidad de lluvias y la asiduidad de las grandes tormentas en el Litoral están provocando crecidas en los ríos.

"Los grandes cursos de agua también están experimentando mayor frecuencia de eventos extremos -dijo Barros-: entre 1904 y 1975, no hubo crecidas importantes en el Paraná. Ahora hay una cada diez años, aproximadamente."

En contraste, como las lluvias en la región central de Chile y la nieve de la Cordillera están muy asociadas, está disminuyendo el caudal de los oasis de piedemonte desde el Comahue hasta San Juan, donde se estima que va a haber problemas por falta de agua. Por el mismo fenómeno los ríos de Cuyo muestran una tendencia descendente.

Más al Sur, el Limay y el Negro disminuyeron su caudal en un 30% desde principios de siglo. "Y de allí obtenemos el 17% de nuestra energía", comentó el científico.

Leiva, por su parte, subrayó que el estado de salud de los glaciares dista mucho de lo que se consideraría ideal.

Glaciares, en fuga

"Los estudios de balance de masa de los glaciares (es decir, la diferencia entre el hielo que entra y el que sale) muestran que desde el 70 en adelante el saldo es negativo -subraya el científico-. Y esto es verdad para casi todos los glaciares de la Cordillera, desde el Norte hasta Tierra del Fuego. Por ejemplo, el glaciar Piloto perdió entre 1979 y 2003 una capa unificada de 12 metros de hielo, más en las zonas bajas que en las altas."

Los ejemplos abundan. En el sistema de glaciares más importantes de la cuenca del río Mendoza, la pérdida es equivalente al volumen de descarga media del río Tupungato que se registra durante dos años y medio. El Upsala perdió en tres años 33 metros de espesor de hielo, a un ritmo de once metros por año. Entre 1970 y 2004 cedió anualmente un kilómetro de hielo de superficie.

Por supuesto, los cambios acelerados en el régimen de las lluvias, los ríos y los glaciares no son gratuitos ni pasan desapercibidos. "La región hoy afectada por las inundaciones presenta una mayor vulnerabilidad, ya que no sólo sufre por grandes variaciones en la precipitación, sino que, además, el escaso declive de su topografía no permite el rápido escurrimiento de las aguas", evaluó Barros.

Por su parte, Leiva destacó que, sin el efecto amortiguador de los glaciares sobre los ríos que abrevan en ellos, las sequías van a ser más extremas, el caudal, más variable (dependerá principalmente de las precipitaciones nivales de cada temporada), aumentarán las avalanchas, también la frecuencia de tormentas eléctricas y fuegos en el monte, así como la erosión y el peligro de aluviones", dijo.

Y más adelante concluyó: "El agua dulce será el bien más preciado de este siglo".

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